Hace algún tiempo, un padre que estaba preocupado por serios problemas con su hijo, hizo este comentario: “Cuando se sale de la casa y no sabemos dónde está, sentimos un dolor que oprime nuestro corazón; pero cuando está aquí, hay ocasiones en que es un dolor de cabeza.” Es tocante al dolor que oprime el corazón que quiero hablar.
Casi no existe una vecindad que no tenga por lo menos una madre cuyos últimos pensamientos, oraciones y momentos despierta sean para con un hijo o hija que anda vagando quién sabe dónde. Ni tampoco es mucha la distancia entre los hogares donde un angustiado padre casi ni puede trabajar tranquilamente durante el día sin tener que retraerse una y otra vez, para preguntarse: “¿En qué hemos fallado? . ¿Qué podemos hacer para recobrar a nuestro hijo?”
Aun los padres con las mejores intenciones, algunos que realmente han tratado, ahora conocen esa angustia. Muchos han hecho todo lo posible para proteger a sus hijos, sólo para darse cuenta que ahora están perdiendo a uno de ellos, porque el hogar y la familia están siendo atacados. Reflexionad sobre estas palabras:
Blasfemia, Desnudez, Inmoralidad, Divorcio, Pornografía, Drogas, Violencia, Perversión
Estas palabras han adquirido un nuevo significado en estos últimos años, ¿no es cierto?
El apóstol Pablo le profetizó a Timoteo:
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos…
Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, desobedientes a los padres. . . ” (2 Timoteo 3:1-2).
La escritura continúa, pero nos detenemos en esta frase que dice: “desobedientes a los padres.”
No es nuestro deseo tratar el tema que os causa tanto dolor, ni condenaros como un fracaso; pero estáis fallando, y eso es lo que lo hace doloroso. Si queremos ponerle un alto a este fracaso, debemos hacerle frente a los problemas como éste, pese a lo mucho que nos hiera.
Sois vosotros, no vuestros hijos, los que necesitáis atención inmediata.
Padres, existe una ayuda sustancial para vosotros, si la aceptáis, pero os advierto que la ayuda que proponemos no es fácil, porque las dosis son iguales a la seriedad de vuestro problema. No hay ninguna medicina que efectúe una cura inmediata.
Y si buscáis una cura que ignora la fe y las doctrinas religiosas la estáis buscando donde nunca la encontraréis. Cuando hablamos tocante a principios y doctrinas religiosas, y mencionamos escrituras es interesante, ¿no es cierto? ¿Cuántas personas no se sienten cómodas cuando hablamos de eso?, pero cuando hablamos acerca de vuestros problemas con vuestra familia y ofrecemos una solución, entonces vuestro interés se intensifica.
Tened la seguridad de que no podéis hablar respecto a una sin hablar acerca de la otra, y esperar resolver vuestro problema. Una vez que los padres adquieren el conocimiento de que hay un Dios y de que somos sus hijos, pueden afrontar problemas como éste y tener éxito.
Si estáis desamparados, El no.
Si estáis perdidos, El no.
Si no sabéis qué hacer, El sí.
¿Decís que se requeriría un milagro? Bien, si eso es lo que se requiere, ¿por que no?
Os exhortamos a que actuéis primero en un curso de prevención.
Hay un poema del autor Joseph Malins, intitulado “La cerca y la ambulancia”, el cual trata de los esfuerzos de tener una ambulancia en el fondo de un precipicio y concluye con las palabras de un filósofo que sugiere que se debería poner más atención a poner fin a la causa que a reparar los resultados. Presenta el plan de construir una cerca en lo alto del precipicio, y luego aplica esta idea a la juventud declarando que es mejor guiar por el buen camino a los jóvenes, que tratar de enderezar a los viejos; porque, no obstante que es bueno rescatar a los caídos, es mejor prevenir a otros para que no caigan.
Mediante la inmunización prevenimos la enfermedad física. El dolor de corazón o aflicción que ahora os atormenta, quizás en un tiempo podría haberse prevenido con medidas muy sencillas. Afortunadamente, los mismos pasos que son requeridos para prevenirlos, son aquellos que producirán la curación; o, en otras palabras, la prevención es la mejor cura, aun en casos avanzados.
El lunes por la noche ha sido apartado en toda la Iglesia a fin de que las familias se reúnan en el hogar. Recientemente se impartieron las siguientes instrucciones al respecto:
“Aquellas personas responsables por los programas de sacerdocio y auxiliares, incluyendo las actividades del templo, actividades atléticas de los jóvenes, actividades de los alumnos, etc., deben tomar nota de esta decisión, a fin de que esta noche pueda apartarse uniformemente por toda la Iglesia y que las familias estén libres de cualquier actividad de la Iglesia con el propósito de reunirse en la noche de hogar para la familia” (Boletín del Sacerdocio, septiembre de 1970).
Con este programa viene la promesa de los profetas, los profetas vivientes, de que si los padres reúnen a sus hijos a su alrededor una vez por semana y les enseñan el evangelio, los hijos de tales familias no se perderán.
Algunos de vosotros que no pertenecéis a la Iglesia, y desafortunadamente muchos dentro de ella, podríais tomar un manual como éste sin aceptar completamente el evangelio de Jesucristo, las responsabilidades de ser miembros de la Iglesia y las escrituras sobre las cuales se basa. Se os es permitido hacerlo. (Aun podríamos extenderos un “certificado” que os permitiera criar una familia ideal.) Pero no obstante, no seríais libres de hacer las leyes. El adoptar un programa como éste sin el evangelio, seria como si uno obtuviera una aguja para inmunizar a un niño contra una enfermedad fatal, pero os negarais a que le inyectaran el suero que podría salvarlo.
Padres, es tiempo de que asumáis la dirección espiritual de vuestra familia; si vuestra creencia actual es débil, tened el valor para buscar la verdad.
Mi deseo para con vosotros, padres, es inspiraros con esperanza. Aquellos de vosotros, que estáis afligidos, nunca os deis por vencidos; no importa cuán difícil sea, no importa cuán lejos o cuán bajo haya llegado vuestro hijo o hija, nunca debéis daros por vencidos, nunca, nunca, nunca.
Deseo inspiraros con confianza. Dios os bendiga, padres afligidos; no hay dolor tan penetrante como aquel que resulta por la pérdida de un hijo; ni gozo tan exquisito como el gozo de su redención.
Vengo a vosotros como un miembro del Consejo de los Doce, cada uno ordenado como un testigo especial. Os testifico que poseo ese testimonio. Sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo. Sé que a pesar de que el mundo “no le ve, ni le conoce”, El vive. Padres afligidos, dad oído a su promesa:
“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:17-18)
Discurso dado por el élder Boyd K. Packer del Consejo de los Doce (1970)