1.- Fe (Santiago 2:26)

Poner en práctica las enseñanzas de los profetas de la Iglesia, Ej. La orientación familiar, la noche de hogar, etc.

2.- Virtud (DyC 121:45)

Tratar continuamente de controlar cualquier pensamiento indigno que pueda producir obras inicuas.

3.- Conocimiento (DyC 88:118)

Estar leyendo las escrituras a mi familia.

4.- Templanza (DyC 59:16-20)

Controlar los hábitos alimenticios y ejercer la abstinencia en cosas no convenientes para mi cuerpo.

5.- Paciencia (Mat. 5:38-42)

Cuando me siento provocado por una situación familiar me abstengo de desquitarme por medio de palabras o hechos.

6.- Perfección (DyC 84:20)

Con respecto a mi sacerdocio participo dignamente de las ordenanzas y uso este privilegio.

7.- Amor fraternal (DyC 38:24)

Trato a los miembros de mi familia como deseo que me traten.

8.- Caridad (Moroni 7:47)

El amor por Jesucristo prevalece en nuestro hogar por medio de nuestras oraciones y la forma en que nos tratamos mutuamente.

Sí, a los hombres les atrae la belleza, y miles de ellos caen en la trampa que ésta les coloca. Hay miles de hombres que sólo se interesan en la belleza y lo único que les importa es sentir la gratificación de sus sentidos y pasiones. Para ellos, la satisfacción radica únicamente en ganarse a las más bellas, y lo único que hará que ellos se queden junto a ellas es precisamente que sean atractivas, y no bien se desvanece ese atractivo, el deseo superficial los impulsa a buscar sentir gratificación en otra parte. [Un adagio en inglés dice:] ‘La belleza no penetra la piel’, y cuando una muchacha no tiene más que apariencia física, la admiración que ella infunde en los demás es más hueca que su belleza… Mas existe una belleza que todas las muchachas poseen, un don de Dios, tan puro como la luz del sol y sagrado como la vida. Se trata de un tipo de belleza que todos los hombres adoran, una virtud que se granjea las almas de los hombres. Esa belleza se llama castidad. La castidad, así sea sin la belleza a ras de piel, puede engrandecer al alma, pero la belleza a ras de piel sin castidad puede engrandecer sólo a la retina.

La castidad, consagrada en el altar de lo que realmente significa ser mujer, será capaz de retener el amor verdadero por la eternidad” (Gospel Ideals, pág. 450).

“¿Qué es el amor? Muchas personas piensan en él como una mera atracción física y hablan de ‘enamorarse’ y de ‘enamorarse a primera vista’. Esta idea puede aparecer en una película de Hollywood y la interpretación que le dan los que escriben canciones y novelas de amor. El amor verdadero no viene envuelto en un material tan frívolo. Uno puede sentirse inmediatamente atraído por otra persona, pero el amor es mucho más que la  atracción física. Es profundo, extenso y comprensivo. La atracción física es solamente uno de sus muchos elementos, al que deben agregársele la fe, la confianza, la comprensión y el compañerismo. Deben existir ideales y normas comunes, así como una gran devoción y compañerismo. El amor es limpieza, progreso, sacrificio y abnegación. Esta clase de amor nunca se cansa ni desvanece, sino que subsiste a través de la enfermedad y la aflicción, la pobreza y la privación, los logros y las decepciones, el tiempo y la eternidad” (Love versus Lust, pág. 18).

“Si alguien realmente ama a otra persona, preferiría morir antes de causarle daño” (Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 279).

Mientras servía como Primer Consejero de la Primera Presidencia, el presidente Gordon B. Hinckley dijo:

“El matrimonio es, en el verdadero sentido, una sociedad de dos personas iguales, en el que ninguno ejerce dominio sobre el otro; más bien, cada uno ayuda a su compañero en las responsabilidades y aspiraciones que éste pueda tener” (“Yo creo”, Liahona, marzo de 1993, pág. 7).

El élder Boyd K. Packer, del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“Nunca se quiso decir que únicamente la mujer debía adaptarse a los deberes del sacerdocio de su esposo o de sus hijos. Por supuesto que ella debe sostenerlos y apoyarlos y animarlos.

“A su vez, los poseedores del sacerdocio deben adaptarse a las responsabilidades y necesidades de la esposa y madre. Su bienestar físico, emocional, intelectual y cultural y su desarrollo espiritual deben estar entre los primeros deberes del sacerdocio.

“No hay tarea, por pequeña que parezca, relacionada con el cuidado de los

bebés, la alimentación de los niños o con el mantenimiento del hogar que no sea una obligación igual [para el marido]” (“A Tribute to Women”, Ensign, julio de 1989, pág. 75).

El élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles, aconsejó a los poseedores del sacerdocio: “Como esposo y digno poseedor del sacerdocio, querrás emular el ejemplo del Salvador, cuyo sacerdocio posees. El dar de ti mismo a tu esposa e hijos será tu foco principal en la vida. De vez en cuando, un hombre intenta controlar el destino de todos los miembros de la familia; él es quien toma todas las decisiones, y la esposa está sujeta a sus caprichos.

El hecho de que ésa sea la costumbre no tiene importancia. No es la manera

del Señor. No es la forma en que un Santo de los Últimos Días trata a su esposa y a su familia” (“Recibe las bendiciones del templo”, Liahona, julio

de 1999, pág. 30).

¿Cuáles son algunas de las cosas que hacen los esposos y las esposas cuando se valoran como iguales los unos a los otros?

a. Comparten la responsabilidad de asegurarse de que la familia ore junta, de que se lleve a cabo la noche de hogar y de que estudien juntos las Escrituras.

b. Juntos planifican la forma en que se emplean las finanzas de la familia.

c. Se consultan y llegan a un acuerdo con respecto a los reglamentos del hogar y a la forma de aplicar la disciplina a los niños. Los hijos ven que sus padres están unidos en esas decisiones.

d. Planifican juntos las actividades familiares.

e. Ambos ayudan en las responsabilidades del hogar.

f. Asisten juntos a la Iglesia.

Cuando los problemas, los pesares y las decepciones nos abruman, atesoramos la compañía y el apoyo de amigos.

 

Su paciencia y buen ánimo, aun ante las situaciones más estresantes podrá elevarnos por encima de la incertidumbre y llevarnos a cielos despejados.

 

Un incidente ocurrido en la vida de un catedrático norteamericano ilustra la influencia positiva que los seres humanos podemos tener en los demás.

 

La situación financiera de su familia estaba muy comprometida, siendo las disertaciones que daba todos los inviernos la única posibilidad de salir de ella.

 

Al regresar a su casa una fría noche, la familia se reunió a su alrededor cerca del fogón, aquel silencio fue cortado por la pregunta de su hija: “papá, te pagaron?” el hombre tomó su billetera y lentamente saco de ella un billete de un dólar, la puso sobre la mesa y dijo: “el próximo año me ira mejor”. Entonces su esposa echó sus brazos sobre los hombros de su angustiado marido y dijo con mucha resolución: “creo que te fue muy bien!”

Ella sabría como sobreponerse al desconsuelo y decidió dar ánimo y ser optimista en vez de subestimar, amargarse y mostrar resentimiento.

 

Si bien no podía hacer que los problemas desaparecieran si podría levantar un poco el peso de los hombros de su marido con paciencia y confianza.

 

No les resultó fácil hacer frente al resto del invierno, pero gozaron del valor de sobrellevarlo juntos.

“Ningún hombre que maltrate a su esposa o a sus hijos es digno de poseer el sacerdocio de Dios. Ningún hombre que maltrate a su esposa o a sus hijos es digno de considerarse un miembro de buena conducta en esta Iglesia. El maltrato a la esposa y a los hijos de uno constituye una grave ofensa ante Dios y el que incurra en ello debe esperar ser sometido a la disciplina de la Iglesia” (Liahona, enero de 1999, pág. 85).

Cuando pensaste que no estaba mirando, pegaste mi primer dibujo en la puerta del refrigerador y yo decidí hacer otro.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, alimentaste a un gatito callejero y supe que debía amar a los animales.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, me hiciste un pastel de cumpleaños solo para mi y supe que los detalles mas pequeños son los mas grandes.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando  oraste y yo creí que siempre había un Dios con le que siempre podrá hablar.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, me diste un beso en la frente y yo me sentí amada.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, vi lágrimas brotar por tus ojos y supe que cuando sentimos dolor está bien llorar.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, sonreíste y quise verme tan bella como tú.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, me alentaste y yo quise dar lo mejor de mi.

 

Cuando pensaste que no estaba mirando, yo miré y quise agradecerte por todas las cosas que hiciste cuando pensaste que no estaba mirando.

Hace algún tiempo, un padre que estaba preocupado por serios problemas con su hijo, hizo este comentario: “Cuando se sale de la casa y no sabemos dónde está, sentimos un dolor que oprime nuestro corazón; pero cuando está aquí, hay ocasiones en que es un dolor de cabeza.” Es tocante al dolor que oprime el corazón que quiero hablar.

Casi no existe una vecindad que no tenga por lo menos una madre cuyos últimos pensamientos, oraciones y momentos despierta sean para con un hijo o hija que anda vagando quién sabe dónde. Ni tampoco es mucha la distancia entre los hogares donde un angustiado padre casi ni puede trabajar tranquilamente durante el día sin tener que retraerse una y otra vez, para preguntarse: “¿En qué hemos fallado? . ¿Qué podemos hacer para recobrar a nuestro hijo?”

Aun los padres con las mejores intenciones, algunos que realmente han tratado, ahora conocen esa angustia. Muchos han hecho todo lo posible para proteger a sus hijos, sólo para darse cuenta que ahora están perdiendo a uno de ellos, porque el hogar y la familia están siendo atacados. Reflexionad sobre estas palabras:

Blasfemia, Desnudez, Inmoralidad, Divorcio, Pornografía, Drogas, Violencia, Perversión

Estas palabras han adquirido un nuevo significado en estos últimos años, ¿no es cierto?

El apóstol Pablo le profetizó a Timoteo:

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos…

Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, desobedientes a los padres. . . ” (2 Timoteo 3:1-2).

La escritura continúa, pero nos detenemos en esta frase que dice: “desobedientes a los padres.”

No es nuestro deseo tratar el tema que os causa tanto dolor, ni condenaros como un fracaso; pero estáis fallando, y eso es lo que lo hace doloroso. Si queremos ponerle un alto a este fracaso, debemos hacerle frente a los problemas como éste, pese a lo mucho que nos hiera.

Sois vosotros, no vuestros hijos, los que necesitáis atención inmediata.

Padres, existe una ayuda sustancial para vosotros, si la aceptáis, pero os advierto que la ayuda que proponemos no es fácil, porque las dosis son iguales a la seriedad de vuestro problema. No hay ninguna medicina que efectúe una cura inmediata.

Y si buscáis una cura que ignora la fe y las doctrinas religiosas la estáis buscando donde nunca la encontraréis. Cuando hablamos tocante a principios y doctrinas religiosas, y mencionamos escrituras es interesante, ¿no es cierto? ¿Cuántas personas no se sienten cómodas cuando hablamos de eso?, pero cuando hablamos acerca de vuestros problemas con vuestra familia y ofrecemos una solución, entonces vuestro interés se intensifica.

Tened la seguridad de que no podéis hablar respecto a una sin hablar acerca de la otra, y esperar resolver vuestro problema. Una vez que los padres adquieren el conocimiento de que hay un Dios y de que somos sus hijos, pueden afrontar problemas como éste y tener éxito.

Si estáis desamparados, El no.

Si estáis perdidos, El no.

Si no sabéis qué hacer, El sí.

¿Decís que se requeriría un milagro? Bien, si eso es lo que se requiere, ¿por que no?

Os exhortamos a que actuéis primero en un curso de prevención.

Hay un poema del autor Joseph Malins, intitulado “La cerca y la ambulancia”, el cual trata de los esfuerzos de tener una ambulancia en el fondo de un precipicio y concluye con las palabras de un filósofo que sugiere que se debería poner más atención a poner fin a la causa que a reparar los resultados. Presenta el plan de construir una cerca en lo alto del precipicio, y luego aplica esta idea a la juventud declarando que es mejor guiar por el buen camino a los jóvenes, que tratar de enderezar a los viejos; porque, no obstante que es bueno rescatar a los caídos, es mejor prevenir a otros para que no caigan.

Mediante la inmunización prevenimos la enfermedad física. El dolor de corazón o aflicción que ahora os atormenta, quizás en un tiempo podría haberse prevenido con medidas muy sencillas. Afortunadamente, los mismos pasos que son requeridos para prevenirlos, son aquellos que producirán la curación; o, en otras palabras, la prevención es la mejor cura, aun en casos avanzados.

El lunes por la noche ha sido apartado en toda la Iglesia a fin de que las familias se reúnan en el hogar. Recientemente se impartieron las siguientes instrucciones al respecto:

“Aquellas personas responsables por los programas de sacerdocio y auxiliares, incluyendo las actividades del templo, actividades atléticas de los jóvenes, actividades de los alumnos, etc., deben tomar nota de esta decisión, a fin de que esta noche pueda apartarse uniformemente por toda la Iglesia y que las familias estén libres de cualquier actividad de la Iglesia con el propósito de reunirse en la noche de hogar para la familia” (Boletín del Sacerdocio, septiembre de 1970).

Con este programa viene la promesa de los profetas, los profetas vivientes, de que si los padres reúnen a sus hijos a su alrededor una vez por semana y les enseñan el evangelio, los hijos de tales familias no se perderán.

Algunos de vosotros que no pertenecéis a la Iglesia, y desafortunadamente muchos dentro de ella, podríais tomar un manual como éste sin aceptar completamente el evangelio de Jesucristo, las responsabilidades de ser miembros de la Iglesia y las escrituras sobre las cuales se basa. Se os es permitido hacerlo. (Aun podríamos extenderos un “certificado” que os permitiera criar una familia ideal.) Pero no obstante, no seríais libres de hacer las leyes. El adoptar un programa como éste sin el evangelio, seria como si uno obtuviera una aguja para inmunizar a un niño contra una enfermedad fatal, pero os negarais a que le inyectaran el suero que podría salvarlo.

Padres, es tiempo de que asumáis la dirección espiritual de vuestra familia; si vuestra creencia actual es débil, tened el valor para buscar la verdad.

Mi deseo para con vosotros, padres, es inspiraros con esperanza. Aquellos de vosotros, que estáis afligidos, nunca os deis por vencidos; no importa cuán difícil sea, no importa cuán lejos o cuán bajo haya llegado vuestro hijo o hija, nunca debéis daros por vencidos, nunca, nunca, nunca.

Deseo inspiraros con confianza. Dios os bendiga, padres afligidos; no hay dolor tan penetrante como aquel que resulta por la pérdida de un hijo; ni gozo tan exquisito como el gozo de su redención.

Vengo a vosotros como un miembro del Consejo de los Doce, cada uno ordenado como un testigo especial. Os testifico que poseo ese testimonio. Sé que Dios vive, que Jesús es el Cristo. Sé que a pesar de que el mundo “no le ve, ni le conoce”, El vive. Padres afligidos, dad oído a su promesa:

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:17-18)

Discurso dado por el élder Boyd K. Packer del Consejo de los Doce (1970)


Este cuento se refiere a un hombre joven cuyo hijo había nacido recientemente y era la primera vez que sentía la experiencia de ser papá.

A este personaje lo llamaremos Alberto y en su corazón reinaban la alegría y los sentimientos de amor que brotaban a raudales dentro de su ser.

Un buen día le dieron ganas de entrar en contacto con la naturaleza, pues a partir del nacimiento de su bebé todo lo veía hermoso y aun el ruido de una hoja al caer le sonaba a notas musicales.

Así fue que decidió ir a un bosque; quería oír el canto de los pájaros y disfrutar toda la belleza. Caminaba plácidamente respirando la humedad que hay en estos lugares, cuando de repente vio posada en una rama a un águila que lo sorprendió por la belleza de su plumaje.

El águila también había tenido la alegría de recibir a sus polluelos y tenía como objetivo llegar hasta el río más cercano, capturar un pez y llevarlo a su nido como alimento; pues significaba una responsabilidad muy grande criar y formar a sus aguiluchos para enfrentar los retos que la vida ofrece.

El águila al notar la presencia de Alberto lo miró fijamente y le preguntó: ” ¿A dónde te diriges buen hombre?, veo en tus ojos la alegría” por lo que Alberto le contestó: ” es que ha nacido mi hijo y he venido al bosque a disfrutar, pero me siento un poco confundido”

El águila insistió: “Oye, ¿y qué piensas hacer con tu hijo?”

Alberto le contesto: “Ah, pues ahora y desde ahora, siempre lo voy a proteger, le daré de comer y jamás permitiré que pase frío. Yo me encargaré de que tenga todo lo que necesite, y día con día yo seré quien lo cubra de las inclemencias del tiempo; lo defenderé de los enemigos que pueda tener y nunca dejaré que pase situaciones difíciles.

No permitiré que mi hijo pase necesidades como yo las pasé, nunca dejaré que eso suceda, porque para eso estoy aquí, para que él nunca se esfuerce por nada”

Y para finalizar agregó: “Yo como su padre, seré fuerte como un oso, y con la potencia de mis brazos lo rodearé, lo abrazaré y nunca dejaré que nada ni nadie lo perturbe”.

El águila no salía de su asombro, atónita lo escuchaba y no daba crédito a lo que había oído. Entonces, respirando muy hondo y sacudiendo su enorme plumaje, lo miró fijamente y dijo:

“Escúchame bien buen hombre. Cuando recibí el mandato de la naturaleza para empollar a mis hijos, también recibí el mandato de construir mi nido, un nido confortable, seguro, a buen resguardo de los depredadores, pero también le he puesto ramas con muchas espinas ¿y sabes por qué? porque aún cuando estas espinas están cubiertas por plumas, algún día, cuando mis polluelos hayan emplumado y sean fuertes para volar, haré desaparecer todo este confort, y ellos ya no podrán habitar sobre las espinas, eso les obligará a construir su propio nido. Todo el valle será para ellos, siempre y cuando realicen su propio esfuerzo para conquistarlo con todo, sus montañas, sus ríos llenos de peces y praderas llenas de conejos

Si yo los abrazara como un oso, reprimiría sus aspiraciones y deseos de ser ellos mismos, destruiría irremisiblemente su individualidad y haría de ellos individuos indolentes, sin ánimo de luchar, ni alegría de vivir. Tarde que temprano lloraría mi error, pues ver a mis aguiluchos convertidos en ridículos representantes de su especie me llenaría de remordimiento y gran vergüenza, pues tendría que cosechar la impertinencia de mis actos, viendo a mi descendencia imposibilitada para tener sus propios triunfos, fracasos y errores, porque yo quise resolver todos sus problemas.

“Yo, amigo mío”, dijo el águila, podría jurarte que después de Dios he de amar a mis hijos por sobre todas las cosas, pero también he de prometer que nunca seré su cómplice en la superficialidad de su inmadurez, he de entender su juventud, pero no participaré de sus excesos, me he de esmerar en conocer sus cualidades, pero también sus defectos y nunca permitiré que abusen de mí en aras de este amor que les profeso”.

El águila calló y Alberto no supo qué decir, pues seguía confundido, y mientras entraba en una profunda reflexión, ésta, con gran majestuosidad levantó el vuelo y se perdió en el horizonte,

Alberto empezó a caminar mientras miraba fijamente el follaje seco disperso en el suelo, sólo pensaba en lo equivocado que estaba y el terrible error que iba a cometer al darle a su hijo el abrazo del oso.

Reconfortado, siguió caminando, solo pensaba en llegar a casa, con amor abrazar a su bebé, pensando que abrazarlo solo sería por segundos, ya que el pequeño empezaba a tener la necesidad de su propia libertad para mover piernas y brazos, sin que ningún oso protector se lo impidiera.

A partir de ese día Alberto empezó a prepararse para ser el mejor de los padres

“Poco después de que mi esposa y yo nos casamos, edificamos nuestra primera casa, teníamos muy poco dinero e hice yo mismo gran parte del trabajo… El jardín tuve que hacerlo yo solo. El primero de los muchos árboles que planté fue una acacia negra sin espinas… Era un arbolito pequeño, quizás de unos dos centímetros de diámetro, y era tan flexible que podía doblarlo con facilidad en cualquier dirección. No le presté mucha atención al pasar los años. “Hasta que un día invernal en que el árbol no tenía hojas, lo vi casualmente al mirar por la ventana; me fijé entonces en que se inclinaba hacia el poniente, que estaba deforme y desequilibrado. Me costó creerlo. Salí y traté con todas mis fuerzas de enderezarlo, pero el tronco ya medía casi 30 centímetros y mi fuerza no era nada en contra de él… “Cuando lo planté, un pedacito de cuerda lo hubiera mantenido derecho en contra de la fuerza del viento. Yo habría podido y debí haberle puesto esa cuerdecita con tan poco esfuerzo; pero no lo hice, y se dobló ante las fuerzas que cayeron sobre él” (“Instruye al niño en su camino…”, Liahona, enero de 1994,

págs. 68–69).

El árbol de la izquierda representa a un niño que se está alejando del Evangelio porque sus padres no le han enseñado ni vivido el Evangelio en el hogar. El árbol de la derecha representa a un niño que está prendiendo el Evangelio debido al ejemplo y a las palabras de los padres. Cuando soplen los vientos fuertes, el árbol guiado por las amarras continuará creciendo derecho. De la misma manera, cuando los padres les han enseñado principios simples del Evangelio, los hijos tienden a permanecer firmes en la fe.

Al referirse a esa experiencia con el árbol, el presidente Hinckley dijo: “He visto algo similar, muchas veces, en niños cuyas vidas he observado. Los padres que los trajeron al mundo virtualmente abdicaron su responsabilidad y los resultados han sido trágicos. Unos pocos y sencillos soportes les habrían dado la fortaleza para resistir las fuerzas que han dado forma a su vida” (Ibíd, pág. 69).

“No podemos y no debemos permitir que la escuela, la comunidad, la televisión e inclusive las organizaciones de la Iglesia establezcan los valores de nuestros hijos. El Señor ha depositado ese deber en las manos de padres y madres y no podemos librarnos de él ni delegarlo. A pesar de que otras personas colaboren, los padres son los responsables. Por tanto, debemos proteger la santidad de nuestros hogares ya que es allí donde los niños adquieren sus valores éticos y forman sus actitudes y hábitos para toda la vida” (“Eduquemos a los niños”, Liahona, julio de 1991,pág. 86).

“Padres, amen a sus hijos y valórenlos. ¡Son tan preciosos y tan extremadamente importantes! Ellos son el futuro. Para criarlos, necesitan algo más que su propio conocimiento, necesitan la ayuda del Señor; oren para obtenerla y obedezcan la inspiración que reciban” (“La trama de la fe y del testimonio”, Liahona, enero de 1996, págs. 102–103).

El élder F. Enzio Busche, de los Setenta relató:

“En una ocasión en que las circunstancias hicieron necesario que yo me encontrara en mi hogar a una hora fuera de lo normal, pude oír a mi hijo de 11 años, que en ese momento llegaba de la escuela, dirigirse a su hermana menor con palabras poco alabadoras. Esas palabras me ofendieron, porque nunca pensé que las oiría de un hijo mío. En mi enojo, mi reacción natural fue levantarme de la silla y disciplinarlo. Afortunadamente, para poder ir a donde él estaba, tenía que cruzar el cuarto y abrir la puerta. Recuerdo que en esos segundos que me llevó atravesar la corta distancia, oré fervorosamente a mi Padre Celestial para que me ayudara a resolver esa situación. Una gran calma me sobrevino y dejé de

Sentirme enojado.

“Mi hijo, sorprendido al verme en casa, se mostró atemorizado cuando me acerqué. Me sorprendí yo mismo al oírme decirle: ‘¡Bienvenido a casa, hijo!’ y le extendí la mano para saludarlo. Y en un estilo muy formal lo invité a sentarse junto a mí en la sala para que pudiéramos tener una pequeña conversación. Le expresé mi amor y hablamos de las batallas que cada uno de nosotros debe enfrentar a diario.

“Cuando le estaba manifestando la confianza que le tenía, él comenzó a llorar, me confesó sus debilidades y se sintió sumamente culpable. Me correspondió a mí entonces poner sus sentimientos de culpabilidad en un plano adecuado y ofrecerle mi apoyo y consuelo. Un hermoso espíritu se apoderó de nosotros y terminamos llorando, abrazados en amor y finalmente en gozo. Lo que pudo haber sido una desagradable confrontación entre padre e hijo se convirtió, por medio del poder de ese amor al cual me he estado refiriendo, en una de las más hermosas experiencias que hemos tenido” (véase “Los lazos familiares se fortalecen con amor”, Liahona, julio de 1982, pág. 140.).

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